Hay momentos en los que la realidad duele más que la propia ausencia. Te das cuenta de que mientras tú extrañabas, pensabas y pasabas noches sin dormir, para la otra persona tu ausencia apenas significaba algo. Y aceptar esa diferencia puede ser una de las partes más difíciles de soltar.
Porque no siempre sufrimos únicamente por perder a alguien; también sufrimos al comprender que el sentimiento no tenía el mismo peso para ambos. Mientras tú intentabas acostumbrarte a vivir sin esa persona, ella quizá ya había aprendido a vivir sin ti.
Pero también hay una verdad que, aunque duela, termina liberando: no puedes obligar a alguien a sentir tu ausencia de la misma manera en que tú sientes la suya. El amor no siempre es equilibrado, y aceptar eso es parte de aprender a soltar.
Quizás algún día deje de doler recordar que no te extrañó como tú la extrañaste. Y cuando eso ocurra, entenderás que no necesitabas que su ausencia le doliera para darle valor a todo lo que tú sentiste. Tu amor fue real, aunque no haya sido correspondido de la misma manera.
